miércoles, junio 25

¡Feliz San Mazzoni!

Se cumplen 19 años del histórico gol de Javier Mazzoni que arruinó las posibilidades de que Gimnasia gritara campeón por primera vez en su historia. Al igual que en esta temporada, en la que el Lobito volvió a arrugar y ascendió a Primera División siendo subcampeón, la "Chancha" Mazzoni en 1995 dejaba el estadio del Bosque mudo y sin querer se transformaba en un nuevo ídolo Pincha.

Fue tal la repercusión del gol, que el ex-delantero de Independiente es mayormente recordado en el ambiente futbolero por esta gesta que por algún otro logro deportivo. Incluso tiene una filial a su nombre, a pesar de no haber vestido nunca la camiseta Pincha.

En una entrevista con el Diario Olé en el 2001, Mazzoni retribuía con un (certero) cumplido, tanto cariño del hincha de Estudiantes: "El sexto grande es Estudiantes, porque fue el primer equipo de los denominados chicos en hacer furor. Ganó todo a fines de los 60: tres Copas Libertadores, una Intercontinental, una Interamericana. Y a principios de los 80 metió dos campeonatos locales seguidos. Además, saca jugadores y tiene una hinchada maravillosa, que lo sigue en las buenas y en las malas".

Gracias por tanto Chancha!




martes, junio 24

Filosofía Bilardista

Darío indicando que le gusta jugar con 5 defensores (?)
Con el debido permiso de @sztajnsrzrajber, reproducimos la nota que escribió para el Diario Perfil, un texto que no encuentra internet un lugar más apropiado que este espacio bilardista.
Entre tanta filosofía menottista de bares, oficinas, redacciones y estudios de televisión, nuestra escuela expone su posición sin improvisaciones de la mano de un profesional como Darío.
Dispónganse a disfrutar de la hermosa filosofía bilardista que, lejos de hipótesis, presunciones y juicios morales, nos conduce con un proceso lógico a deducir desde el razonamiento lo que los bilardistas siempre supimos desde el corazón: jugar bien es ganar.

Del Resultadismo a la utopía del fútbol lindo
Hay una línea ambigua que divide el resultadismo del buen juego. Es ambigua porque es discutible el concepto mismo de buen juego. ¿A qué se refiere ese “bien”? Se lo asocia, según algunos, a la belleza. Jugar bien es jugar lindo. Pero se confunden así las nociones de bien y de belleza, como si un buen juego tuviera que ver con rescatar cierta estética que todo juego posee. Y que es cierto: lo tiene. Pero como toda estética, se vuelve imposible de medir. Salvo que exista una disposición reglamentaria que cuantifique belleza y sea posible contabilizar, por ejemplo, cuántos caños, rabonas, jueguitos realiza cada equipo. O pensar en algún sistema de jurados, como en los concursos de belleza, donde además de los goles se otorguen puntajes por el modo en que juega cada equipo. Claro que todo ello implicaría un debate sobre cuáles son las formas estéticas predominantes, ya que la belleza no es universal y todo recaería en el buen gusto de un potencial jurado. Pero el problema se volvería también económico: ¿rendiría como negocio una especie de Harlem Globetrotters del fútbol? O antropológico: ¿sublimaría igualmente así el fútbol nuestros instintos de violencia?
Se puede asociar también el buen juego con el cumplimiento de lo que el juego dictamina. Pensemos qué significa la palabra “bien”. Jugar bien es realizar lo que el reglamento del fútbol establece. El reglamento podrá o no gustarnos, pero no habla de belleza. Sólo postula normas que legislan cómo es el juego y quién triunfa en la competencia. Y no es que estemos haciendo una apología de la regla. Solamente diferenciando al derecho de la estética: jugar bien es hacer más goles que el contrario. El fútbol es una competencia. Algunos lo disfrutan, otros los sufrimos, pero como competencia se juega bien cuando la regla se cumple; o sea, cuando un equipo gana y otro pierde.
Jacques Derrida diferencia la esfera del derecho de la justicia, y esa diferencia nos permite comprender que no es lo mismo que alguien gane y que haya ganado justamente. Es que el derecho nunca es pleno y la justicia es infinita. El derecho siempre ejerce la violencia porque se inclina por un tipo de interpretación de la justicia y deja otras afuera. Es que el fútbol como competencia necesita criterios claros para definir los modos en que se computan los resultados. Incluso, si hubiera jurados que levantan cartelitos, caeríamos en lo mismo: la interpretación del jurado también es un acto de violencia, una elección subjetiva de lo que cada uno de ellos consideraría como mérito. Y además, ¿quién elegiría a los jurados?
Está claro que el resultado nunca concreta la justicia, pero pone un límite necesario para que el juego pueda efectivizarse. Lo único que importa entonces es el resultado, pero el resto no sólo importa, sino que se vuelve, justamente por ello, utopía. Y la utopía habla de valores, de compañerismo, de grupo, de esfuerzo, aunque todo ello no cuente a la hora de perder el partido que más merecíamos ganar. No cuenta como resultado, aunque cuenta para otros aspectos del juego y de la vida. Ese es el valor de las utopías. Nos define. Define nuestra identidad, pero no define un partido. Por eso la línea entre el resultadismo y el buen juego es ambigua. Habrá quien opte sólo por los merecimientos y no se angustie frente a los resultados, y habrá quien incluso festeje más cuanto más injusto sea el resultado; pero entre los extremos podemos todavía seguir siendo ambiguos. Aunque siempre será mejor con la Copa del Mundo en la vitrina.

*Filósofo

lunes, junio 23

La estrategia menottista - Parte ll

Gonza criticando, esta vez desde la radio.
Apenas empezado el Mundial no podíamos ni queríamos perder la oportunidad de responder una nota publicada por Gonzalo Bonadeo en Perfil después de sólo dos fechas y dos triunfos del seleccionado.
Además de la clásica ignorancia menottista, la mala intención, la agresión y la mentira se conjugan en un combo violento para atacar deslealmente -basado en suposiciones, hipótesis inventadas, lugares comunes y presunciones- a un equipo que ganó los dos partidos pero que, aún de no haberlo hecho, tampoco debería ser blanco (ni este ni ninguno) de una crítica que excede completamente el deporte, una crítica extemporánea que emite juicios morales, políticos, de gustos y de merecimientos, entre otros. Lamentablemente el menottismo ha impuesto esta práctica de forma recurrente desde su gestación.

Es tan absurda la nota de Gonza Bonadeo, mezcla tantas cosas y está basada en tantas mentiras cruzadas que fue difícil seguirle el hilo para dar respuestas coherentes, sin embargo hicimos lo posible. En negrita, el Brujo.

El Universo debería dividirse entre aquellos que creen que los mundiales se crearon para ganar partidos de cualquier modo y aquellos que pensamos que, justamente en un Mundial, es donde deberían nacer las leyendas, triunfar los que realmente lo merecen y los que mejor juegan el juego y aspiran a trascender; ya no a transcurrir.
No podría haber empezado mejor, planteando divisiones como es digno de su esencia.
Sí, en 1930 el Mundial lo crearon para que nazcan leyendas (sic), no porque los países querían competir para ver quién era el mejor. Es como dice, las leyendas trascienden y los Campeones transcurren (?)

De tal modo, sería más fácil darles sentido a estas líneas. En todo caso, con lo fácil que es distribuir artículos a través de un mailing, evitaríamos discutir con quien no hace falta y podríamos desarrollar algún análisis sin que un número lo atraviese todo.
Bla bla bla

Todas las enciclopedias aseguran que Pitágoras nació antes que Johan Cruyff. Ninguna adosa un apéndice que aclare que, no por eso, hay que darle sentido matemático a un juego atlético e intelectual entre presuntos seres humanos.
¿Eh? ¿Presuntos seres humanos? ¿Pitágoras, Cruyff, matemática? Otra vez y más sorprendido aún… ¿eh?

A ningún fundamentalista del resultado –mucho menos a un experto en números– se le ocurriría admitir la posibilidad de que, por más que dos más dos sea cuatro, merecería ser cinco. O siete. Sin embargo, cuando de fútbol se trata, no dudan en circunscribir y/o condicionar todo análisis al resultado final.
Estimado hijo de Diego, nadie habla tanto de merecimientos e injusticia en un partido de fútbol como Cappa y vuestra escuela. El menottismo, ustedes, es el que califica de merecido o no un resultado. Bah, quizá escuché mal los últimos 50 años (?)
 
Tantas cosas suceden antes de que la tele muestre la placa final y el intercambio de camisetas, que este ejercicio reduccionista se acerca más a la lógica del juicio a Campagnoli que a una práctica deportiva.
Pensamientos personales de política comparando con fútbol, no sé, me recuerda al 1978 cuando también se mezclaban esos temas.
 
Yo me quedo plantado en mi lógica resultadista –fundamentalmente cuando gano– del mismo modo que, si sumo la mayoría de los votos, decido lo que se me cante el culo, se ajuste a derecho o no.
La lógica resultadista no es ganar únicamente, es trabajar únicamente para ganar. ¿Todavía hay que explicarlo a esta altura?

Acá debemos declarar principios y marcar claramente la diferencia: nosotros siempre respetamos las mayorías, como respetamos a otra gente, otras formas, otras ideas. Ellos no.
 
En un sábado futbolísticamente patético, frustrante e invasivo –resolví no demorar en ponerme a escribir porque siento que el entripado no se me irá ni mañana–, la Argentina se aseguró el pase a octavos. Y eso, en un Mundial, amerita que, por lo menos, moderemos la crítica a cuenta de un torneo que, a los tropiezos, jugando mal y messidependientes, finalmente nos acerque a la gloria.
Pero… jugamos con el ultraofensivo 4-3-3 que pedían, ese con el que Messi se siente cómodo, que le cambia la cara. Y también pusimos a los 4 fantásticos juntos que les gustan, esos que son tan talentosos que juegan sólos y no pueden quedar afuera… entonces ¿no les gusta lo que piden? Sugiero que enviar quejas a esta cuenta: @gonbonadeo1963.
 
Siento que muchísimos argentinos viven una Copa del Mundo mucho más desde la óptica del inclasificable subcampeonato del ’90 que desde los títulos de 1978 y 1986. Es decir que viven cada junio/julio cuatrienal aferrados infinitamente más a las cábalas, los albures, las tácticas indeseables y hasta las trampas que a la posibilidad de buen juego al que deberíamos aspirar desde una tierra mucho más fértil en talentos que lo que finalmente vemos expresado en nuestros seleccionados.
Quizá, como decía en el primer párrafo, el Universo se divide en dos, los que elegimos competir y llegar a la Final del 90, y los que eligen quedarse afuera penosamente pero respetándose (?) como Argentina 1982 o España 2014.
Ahora hablemos de las trampas que hace Sabella. Con semejante acusación imaginamos que como periodista tendrá algo más para decir, ¿no?

 
Subidos al bondi del oportunismo, la indigerible victoria ante Irán tiene otro color. Como la vida misma, en el fútbol también suele ser la negación una herramienta eficaz para pasar el momento. Tanto como, diluido el mal trago, despedaza cualquier posibilidad de aprender o modificar errores.
Aquí nos preguntamos como concluye genialmente -y de la nada- que ganar despedaza (!) cualquier posiblidad de aprender o modificar errores, siendo Bilardo quién, después de la final de 1986, les marcó a los jugadores los errores en los 2 goles de Alemania. Curiosa acusación, ¿no?
 
Como un Mundial es otra cosa –admítanlo: su sábado terminó siendo tan amargo como el mío por culpa de 90 minutos odiosos–, no pareciera haber mejor bálsamo que aferrarnos a la estadística para dar vuelta la hoja y borrar el archivo que pusimos a grabar con tanta ilusión.
Admitamos que nuestro sábado fue amargo como el de Gonza. Admitamos también que nos gustan las mismas películas, los mismos autos, la misma música. Admitamos que todo lo que le pasa y le gusta a él nos pasa y nos gusta a nosotros.
 
De tal modo, nos olvidamos de la impotencia colectiva y del dolor que provoca ver vulgarizados a fenómenos como Di María, Higuain o Agüero. De que en el reino de Messi la figura fue Romero y de que esta Argentina fue un equipo en el que, en la mayoría de sus 11 pares de pies, la pelota carece de destino. De un técnico que no tuvo ni idea de cómo modificar un universo de abulia e imprecisión y de que aprendimos nombres iraníes a fuerza de pánico.
¿“Pánico” por no poder meter un gol en un partido de segunda fecha?
 
¡Qué tanto cuestionamiento si, al final de cuentas, nosotros estamos adentro mientras los españoles y los ingleses juegan el tercer partido por la nada misma! Si los uruguayos y los italianos tienen que romperse los cuernos mano a mano para –apenas– ser uno de los 16 que siguen hasta la semana próxima y hasta los brasileños todavía tienen que sumar para clasificarse.
Es más. Hasta postergaremos la hora de salir a cenar para ver si empatan bosnios y nigerianos. Porque, ¿sabés qué? Si eso pasase, no sólo estaríamos clasificados sino que habríamos ganado el grupo. Y, decime, ¿qué otro equipo ganó el grupo antes de jugar el tercer partido?
Las primeras verdades -que alegrarían a todo competidor y a todo deportista- le duelen mucho, tanto que las utiliza irónicamente... ¿Raro, no? Bah, no tanto, en realidad no es motivo de alegría clasificarse antes de tiempo en un Mundial de cualquier deporte, ningún equipo esta buscando eso (?)

Así, la tarde va mejorando. Deja de importarme que, tras el fiasco del 5-3-2, haya fracasado el 4-3-3 y no tenga ni idea de cómo harán Sabella y sus muchachos para despejar el temporal de dudas que invadirá Cidade do Galo. Además, Messi sigue siendo argentino, aunque no cante el Himno.
Si después del 5-3-2 se la pasaron dando consejos (!) desde atrás de una computadora, ahora que no anduvo el 4-3-3 que pedían esperamos que nos digan como seguimos. ¿Ponemos un 2-4-4? ¿Cómo formarían el equipo en la play?
 
Ya está. Voy logrando ponerme en modo Mundial, ese que nos idiotiza como si Jessica Alba estuviese cruzando desnuda por nuestro living, guiñándonos un ojo.
¿Eh? Sin palabras. Sugerencia: ir a un teatro de revistas o alquilar una película XXX, quizá haya algún tema no resuelto por ahí.
 
Un poquito más y dejaré en el olvido a aquel torpe y amargo cronista que fui cuando el final del Mundial de Italia me encontró cubriendo Wimbledon y no supe festejar como corresponde a un argento de ley la más absurda contradicción entre estética, audacia y resultado de la historia del fútbol.
Si bien queda claro que la amargura la pudo superar (?), la torpeza no estamos tan seguros.
 
Asumámoslo. La historia, aquella del ’90, deja en claro que cada vez que llegamos bien, terminamos mal. Y que el asunto no es ver cómo lograr armonía entre los jugadores, sino que me den el banco y el vestuario de la cábala. 
Hubo un gran inicio y hay un enorme final, inexplicable por donde se intente analizar.
En el 90 empezamos mal con Camerún y llegamos a la Final, ¿no? ¿O eso fue en 1982? 
Fin.
Menottismo de base exponiendo toda su ignorancia, resentimiento e incoherencia tradicionales que, con las redes sociales, quedaron expuestas como nunca en este Mundial. Ojalá les sirva para evolucionar.
Ah, eso sí, les creemos cuando dicen que quieren que la Selección gane.

Click acá para ver la nota original en Perfil.
@vallainvicta